miércoles, 16 de enero de 2013


Abrí los ojos. Estaba todo muy oscuro y apenas podía enfocar la vista. Me sentía horriblemente mal. Pero no como cuando has bebido toda la noche anterior, sino como si me hubiesen apaleado todo el cuerpo. Al cabo de unos segundo recupere, por completo, la conciencia. Pero realmente no tenia ni idea de donde estaba. Me incorporé y me dí cuenta de que estaba en un sofá, y empecé a observar la habitación. En el centro había una mesa de cristal de baja altura con una especie de jarrón decorativo en el centro, un mando de televisión y un par de guantes blancos. A la derecha otro sofá idéntico al en que estaba yo sentado. En frente de mí había un mueble enorme, que cubría toda la pared, y tenia una televisión. Supuse que debía ser el salón.
Me fui a levantar pero derepente note un dolor tremendo en la cara. Me toque la nariz y note que estaba muy hinchada. Busque un interruptor con la mirada pero no vi ninguno. En ese instante escuche unos paso y, al cabo de un segundo, apareció una chica por la puerta.
Solo llevaba una camiseta blanca como cinco tallas más grande de la que debía tener, la cubría casi hasta las rodillas. Tenía el pelo oscuro, no demasiado largo. No se si fue por la oscuridad pero, por su tono de piel, pensé que era un fantasma.
-Hola-.Dijo sonriendo.
Les juro por dios que por la sonrisa que puso pensé que me quería descuartizar. Así que me incorpore de golpe como si fuese a agredirla o algo así. Eso hizo que se echase un poco para atrás.
-No te asustes, te he traído a mi casa porque te golpeé en la calle sin querer-. 
Entonces empecé a recordar los gritos de aquel taxista y el guante blanco justo antes de perder la conciencia.
-Así que, ¿tú me golpeaste?- la dije.
-Pues sí. Pero no fue a propósito, es decir, es que pensaba que eras un ladrón o algo así por como gritaba aquel hombre.- Respondió.
Me quedé un instante observando su rostro. Tenía un pequeño lunar en la mejilla derecha.
-Voy a traerte un té caliente- Y desapareció tan rápido, como había aparecido momentos antes, por la puerta.
Me senté de nuevo en el sofá. Me dolía todo el maldito cuerpo y no paraba de recordar los gritos de aquel desgraciado.
-Ten- Y me dio una taza de color verde que estaba muy caliente.
La verdad es que no suelo tomar té. Es más, creo que esa fue la primera vez que tomaba té en toda mi vida, aunque tampoco puedo asegurarles que fuese té, sabia a menta o algo así.
-Si te sigues encontrando mal puedo llevarte al hospital- Me dijo. Parecía bastante preocupada.
-No te preocupes. Además, debería volver a casa y llamar al trabajo para decir que hoy no podré ir- En realidad esos días no trabajaba. Me habían dado unos días libres.
-Oh, toma- Me dio un teléfono. –Llama desde aquí, puedes quedarte todo el tiempo que necesites- Realmente no se si lo hacía para matar su conciencia o porque estaba preocupada de verdad. O quizás, en un universo paralelo, estuviese interesada en mí.
-Mmh, de acuerdo, muchas gracias. ¿Cómo te llamas?-
Si les soy sincero, por absurdo que parezca, no recuerdo su nombre. Creo que es porque estoy muerto, aunque no estoy del todo seguro, soy nuevo en esto la verdad. Sea como sea, digamos que es Señora X.
Estuvimos como media hora hablando hasta que se tuvo que ir a trabajar. Me dejó quedarme allí, en su casa. La verdad es que no tenía ninguna gana de ir a mi casa y tener que explicar a mis padres lo que había pasado. No solo porque tuviera 28 años y me parecía absurdo tener que darles explicaciones, sino porque iba a ser un tostón.

lunes, 14 de enero de 2013

Abres la carcasa, sacas el CD y lo metes en el reproductor. Empieza a girar. Giras la ruleta del volumen hasta que no oyes nada más que lo que sale de los altavoces. Coges una bolsa de chuches y te tiras en la cama. Empiezas a mordisquear un regaliz y dejas que el sonido invada tu mente. Cierras los ojos y creas una atmósfera perfecta. Las canciones se suceden unas a otras y la bolsa de chuches va menguando pero te da igual porque no quieres parar. Sientes por todo tu cuerpo cada nota que escuchas y pierdes la noción de la realidad. No quieres pensar en nada mas, no quieres que la música pare.

viernes, 11 de enero de 2013

Te levantas, echas la silla a un lado. Miras a tu alrededor...Y no reconoces nada. Nunca antes habías estado allí o, por lo menos, no tienes conciencia de ello. Entonces empiezas a moverte por toda la habitación  rebuscando entre las cosas algo que te resulte familiar. Pero todo lo que hay carece de importancia para ti. Levantas la persiana y miras a través del cristal de la ventana. En frente solo ves un edificio de color gris con infinitas ventanas, todas iguales, como un fondo de escritorio. Abres la puerta y sales al pasillo.
El pasillo es un lugar frío. Empiezas a caminar y vas contando las habitaciones: "13, 15, 17, 19, 21, 25, 27" Sigues y sigues caminando hasta llegar al ascensor. Pulsas el botón con una flecha hacia abajo. Esperas. Esperas. Esperas. Esperas. Esperas. "Ding" Suena el timbre y dos puertas correderas metálicas se apartan. Entras en el ascensor y pulsas "B". Al cabo de unos dos minutos vuelve a sonar el timbre y se abren las puertas. Miles de rayos de luz blancos te deslumbran los ojos. No puedes ver nada. El timbre del ascensor no deja de sonar. Poco a poco se empieza a convertir en un sonido cada vez mas agudo. La puerta del ascensor, ya cerrada, se empieza a difuminar. Tu vista se nubla y pierdes el sentido del equilibrio pero no te caes al suelo, notas como que lo atraviesas y empiezas a caer a la nada. Entonces abres los ojos, una luz te deslumbra, tardas en acostumbrarte. Son como rayos de sol que se cuelan por una red uniforme de agujeros en la pared de un cuarto oscuro. Sientes frió en los pies aunque estas arropado. La puerta de la habitación está entreabierta y puedes distinguir el sonido de unos pasos fuera. Incorporas el torso, echas un vistazo. Mochila, libros, ordenador, desorden. Es tu habitación. El timbre sigue sonando. Apagas la alarma del móvil.

martes, 8 de enero de 2013

Son como un veneno. Una vez que están en tu cerebro ya no pueden salir. Al principio puedes retenerlas durante unos segundos, hasta que rápidamente desaparecen y no vuelven. Pero como un veneno, tienden a extenderse. Invaden tu cabeza y la llenan de otras parecidas y semejantes. Entonces esos segundos se convierten en minutos. Los minutos se convierten en horas. Las horas en días. Y acabas enfermo. Una enfermedad que no tiene una cura específica, y no te deja hacer nada ni disfrutar de otras cosas. Es entonces cuando nosotros mismos nos damos cuenta de que debemos de cambiar algo. Nuestra actitud, nuestro entorno, nuestro objetivo. Pero no dejan de repetirse una y otra vez dentro de tu cabeza. Hasta que pasa el tiempo, y se van quedando al fondo de tu mente esperando su momento para volver a salir.

domingo, 6 de enero de 2013