martes, 17 de diciembre de 2013

El control.

La forma más grande de control es la prisión sin barrotes porque la gente se sentara allí para siempre sin hacer nada porque no se ven a si mismos en una prisión. Una de las maneras mediante la que ellos perpetran esa estafa es mayoritariamente teniendo dos partidos políticos controlados por ellos en un país. Así, ellos intercambian el poder entre ambos partidos controlados continuamente. Cuando el partido que está en el poder introduce reformas o recortes, el partido que está en la oposición se opone. OH, tenemos elecciones libres. Pero cuando se cambia el gobierno, ahora el partido que esta en el gobierno y que, anteriormente se oponía a los recortes y reformas, ahora es quien los lleva a cabo. Y el partido que antes estaba en el poder es quien ahora se pone a sus propios planes. Así que, ¿donde está la libertad de elección? Ellos tiene que ponernos en un estado de miedo y de supervivencia. Miedo de no sobrevivir, miedo del mañana, miedo de no llegar a fin de mes, de no pagar la hipoteca, de perder tu trabajo. Miedo de la economía, del terrorismo, del cambio climático.

La raza humana está bajo hipnosis de grupo. La humanidad esta dormida. Y la gente, cuando empieza a ver las cosas de esta manera dicen: Me he despertado. ¿Y cuál es el mayor hipnotizador del planeta Tierra? La caja de la esquina de la habitación, la televisión, que está constantemente diciéndonos en qué creer, qué es correcto tomar como verdadero, lógico, moral, etc...

En nuestros días, hay toda una nueva generación que no está enterada de nada que no haya salido por ese aparato. El televisor es el evangelio, la última revelación. Puede ser la fortuna o la ruina de presidentes, papas, primeros ministros. El televisor tiene el más imponente y maldito poder que existe en nuestro desorientado mundo y ¡ay! de nosotros si llega a caer en manos de los malvados. Así que escúchenme, la televisión no es la verdad. La televisión es un maldito parque de atracciones, un circo, un carnaval, un grupo de acróbatas, narradores de cuentos, bailarinas, cantantes, malabaristas y jugadores de fútbol. Es una máquina para matar el aburrimiento.

Si quieren saber la verdad, diríjanse a Dios, diríjanse a su gurú, a ustedes mismos, porque es la única manera de hallar la auténtica verdad...Ustedes no van a enterarse de la verdad por nosotros. Les diremos cuanto quieran oír. Mentimos como hablamos. Les diremos que la policía siempre coge al asesino y que nadie tiene cáncer en los hospitales. Les contaremos toda la porquería que quieran ustedes oír. Jugamos con ilusiones. ¡Nada es verdad!

Adolft Hitler escribió en "Mi lucha": -Toda la propaganda debe de ser tan popular y estar en un nivel intelectual tal que el más estúpido de aquellos hacia los que es dirigida la pueda entender. La gente puede ser conducida a percibir el paraíso como si fuera el infierno, o viceversa, a considerar el tipo de vida mas decadente como si fuera el paraíso-.

Te explicaré por qué estás aquí. Estás porque sabes algo aunque, lo que sabes, no lo puedes explicar. Pero lo percibes. Ha sido así durante toda tu vida. Algo no funciona en el mundo, no sabes lo que es pero ahí está como una astilla clavada en tu mente. Y te está enloqueciendo. ¿Sabes de lo que te estoy hablando?¿Te gustaría realmente saber lo que es? Es lo todo lo que te rodea, esta por todas partes, puedes verla si miras por la ventana o al encender la televisión. La ves si vas a la escuela, al pagar impuestos, cuando vas a trabajar, cuando vas a la iglesia. "Es el mundo que ha sido puesto ante tus ojos para ocultarte la verdad." ¿Qué verdad? Que eres un esclavo.Igual que los demás, naciste en cautiverio, naciste en una prisión que no puedes ni saborear ni oler ni tocar. Una prisión para tu mente. Es algo que no se puede explicar. Tienes que verlo con tus propios ojos.



viernes, 13 de septiembre de 2013

Ring, ring.

Ring, ring.

Tiene unos zapatos de tacón verdes esmeralda a juego con un vestido corto y liso. Pelirroja y con los ojos marrón a secas. Y lo que más deseo es que esté muerta. Quiero que me agarre una chica muerta, pegar mi oreja a su pecho y no oír nada. Aunque después muera o algo así. Pero, al menos, saber que la vida no se acaba ahí. No puedo soportar la idea de que esto sea todo lo que tenemos. 

Ring, ring

No me importa si después me esperan miles de años de tortura en el infierno por no haberme inmolado y haber entregado a Dios mi alma cuando el credo proclamo la redención. Solo necesito saber que hay algo mas. Que el mundo no es tan feo. 

Y no soporto la idea de estar solo. No puedo sufrir la idea de ser libre. <<Lo que quiero es que me necesiten. Lo que necesito es ser indispensable para alguien. Necesito a alguien que ocupe todo mi tiempo libre, todo mi ego, mi atención. Alguien adicto a mi. Una adicción mutua>> No quiero seguir siendo yo. Yo solo no me sirve de nada. Yo solo es un helado sin virutas de chocolate. Yo solo es una chuche para diabeticos. 

Ring, ring

El teléfono no para de sonar. Solo quiero cogerlo y desplomarme en el suelo. Si es mi madre, que me diga que todos han muerto. Si es mi medico, que me diga que soy un terminal. Si es el agente de policía de mi zona, que me diga que soy el responsable de cinco

Ring, ring

asesinatos a niños menores de diez años. Lo que sea. Pero que me mate ya. Solo para ver qué hay después. Solo para saber que vosotros no sois toda la mierda que hay que conocer. Solo por saber que la mayoría de lo que conocemos solo es una pequeña parte de algo. Solo espero que al descolgar el teléfono este activando a la vez una bomba que haga explotar toda esta planta. A mí. A la chica del vestido verde. A esto.


miércoles, 12 de junio de 2013

VIDA EN UN PROSTÍBULO DE TEJAS - Bukowski

Salí del autobús en aquel lugar de Tejas y hacía frío y yo tenía catarro, y uno nunca 
sabe, era una habitación muy grande, limpia, por sólo cinco dólares a la semana, y tenía 
chimenea, y apenas me había quitado la ropa cuando de pronto entró aquel negro viejo y 
empezó a hurgar en la chimenea con aquel atizador largo. No había leña en la chimenea y 
me pregunté qué haría allí aquel viejo hurgando en la chimenea con el atizador. Y entonces 
me miró, se agarró el pijo y emitió un sonido así como, «¡isssssss!» y yo pensé, bueno, por 
alguna razón debe creer que soy marica, pero como no lo soy, no puedo hacer nada por él. 
En fin, pensé, así es el mundo, así funciona. Dio unas cuantas vueltas por allí con el 
atizador y luego se fue. Entonces me metí en la cama. Cuando viajo en autobús siempre me 
acatarro y además me da insomnio, aunque la verdad es que siempre tengo insomnio de 
todos modos.

En fin, la cosa es que el negro del atizador se largó y yo me tumbé en la cama y 
pensé, bueno, puede que un día de éstos consiga cagar.

Volvió a abrirse la puerta y entró una criatura, hembra, bastante sabrosa, y se echó 
de rodillas y empezó a fregar el suelo de madera, y a mover y mover y mover el culo 
mientras fregaba el suelo de madera.

—¿Quieres una chica guapa? —me preguntó.
—No. Estoy molido. Acabo de bajarme del autobús. Sólo quiero dormir.
—Un buen chocho te ayudaría a dormir, de veras. Sólo son cinco dólares.
—Estoy hecho migas.
—Es una chica muy guapa... y limpia.
—¿Dónde está esa chica?
—Yo soy la chica —se levantó y se plantó delante de mí.
—Lo siento, pero estoy agotado, de veras.
—Sólo dos dólares.
—No, lo siento.
Se fue. Al cabo de unos minutos oí la voz de hombre.
—Oye, ¿vas a decirme que eres incapaz de camelerarle? Le dimos nuestra mejor 
habitación por sólo cinco dólares. ¿Me vas a decir que no puedes?
—¡Lo intenté, Bruno! ¡De verdad que lo intenté, Bruno!
—¡Sucia zorra!

Identifiqué el sonido. No era un bofetón. La mayoría de los buenos chulos procuran 
no espachurrar la cara. Pegan en la mejilla, junto a la mandíbula, evitando los ojos y la boca. Bruno debía tener un establo bien surtido. Era sin lugar a dudas el sonido de 
puñetazos en la cabeza. Ella chilló y cayó al suelo y el hermano Bruno le atizó otro 
lanzándola contra la pared. Anduvo un rato rebotando de puño a pared y de pared a puño 
entre chillidos; yo me estiré en la cama y pensé, bueno, a veces la vida resulta interesante. 
Pero no quiero de ninguna manera oír esto. Si hubiese sabido que iba a pasar le habría 
dejado acostarse conmigo.
Luego me dormí.
Por la mañana, me levanté, me vestí. Normalmente lo hago. Pero de cagar nada. Me 
fui a la calle y empecé a buscar estudios fotográficos. Entré en el primero.
—Buenos días, caballero. ¿Quiere usted una foto?
Era una guapa pelirroja y sonreía.
—¿Una foto con esta cara? Ando buscando a Gloria Westhaven.
—Yo soy Gloria Westhaven —dijo ella y cruzó las piernas y se subió un poquito la 
falda! Pensé que el hombre ha de morir para llegar al cielo.
—¿Pero qué dices? —dije—. Tú no eres Gloria Westhaven. Conocí a Gloria 
Westhaven en un autobús de Los Angeles.
—¿Y qué pasó?
—Bueno, me enteré de que su madre tenía un estudio fotográfico. Ando 
buscándola. Es que en el autobús pasó algo...
—Vaya, vaya, ¿qué pasó?
—Que la conocí. Había lágrimas en sus ojos cuando se bajó. Yo seguí hasta Nueva 
Orleans, al llegar cogí el autobús de vuelta. Nunca una mujer había llorado por mí.
—Quizá llorase por otra cosa.
—Eso creí yo también hasta que los otros pasajeros empezaron a insultarme.
—¿Y lo único que sabes es que su madre tiene un estudio fotográfico?
—Eso es todo lo que sé.
—Muy bien, escucha. Conozco al director del periódico más importante de esta 
ciudad.
—No me sorprende —dije mirándole las piernas.
—Escucha, déjame tu nombre y dirección. Le explicaré por teléfono la historia, 
aunque habrá que cambiarla. Os conocisteis en un avión, ¿entiendes? Amor en el aire. 
Ahora estáis separados y perdidos, ¿entiendes? Y tú has volado hasta aquí desde Nueva 
Orleans y lo único que sabes es que su madre tiene un estudio fotográfico. ¿Comprendido? 
Lo pondremos en la columna de M...K... en la edición de mañana. ¿De acuerdo?

—De acuerdo —dije y eché una última ojeada a sus piernas y salí mientras ella 
marcaba en el teléfono. Y allí estaba yo en la segunda o tercera ciudad de Tejas, el amo de 
la ciudad. Entré en el primer bar...

Estaba muy lleno para aquella hora del día. Me senté en el único taburete vacío. 
Bueno, no. Había dos taburetes vacíos, uno a cada lado de aquel tipo grande. Tendría unos 
veinticinco años, con cerca de uno noventa y unos cien kilos. Ocupé uno de los taburetes y 
pedí una cerveza. Me zampé la cerveza y pedí más.

—Así me gusta, eso es beber, sí señor —dijo el tipo grande—. En cambio estos 
maricas de aquí, se sientan y están horas con una cerveza. Me gusta cómo se comporta 
usted, forastero. ¿De dónde es, qué hace?
—No hago nada —dije—. Y soy de California.
—¿Y no tiene proyectos?
—No, ninguno. Yo sólo ando por ahí.
Bebí la mitad de mi segunda cerveza.
—Usted me gusta, forastero —dijo el tipo grande— Confiaré en usted. Pero hablaré 
bajo, porque aunque soy un tipo grande, son muchos para mí.
—Diga diga —dije terminando la segunda cerveza.
El tipo grande se inclinó y me dijo al oído, en un susurro:
—Los téjanos apestan.
Miré alrededor. Asentí lentamente. Sí.
Cuando acabó, yo estaba debajo de una de las mesas que atendía la camarera por la 
noche. Salí a gatas, me limpié la boca furtivamente, vi que todos se reían y me largué...
Cuando llegué al hotel no podía entrar. Había un periódico debajo de la puerta y la 
puerta estaba abierta sólo unos milímetros.

—Eh, déjeme pasar —dije.
—¿Quién es usted? —preguntó el tipo.
—Estoy en la ciento dos. Pagué por una semana. Me llamo Bukowski.
—Usted no lleva botas, ¿verdad?
—¿Botas? ¿Cómo dice?
—Rangers.
—¿Rangers? ¿Qué es eso?
—Pase pase —dijo...

No llevaba diez minutos en mi habitación, estaba en la cama con toda aquella red 
alrededor. Toda la cama (y era una cama grande con una especie de techo) tenía alrededor 
aquella red. Tiré de ella por los lados y me quedé allí tumbado con toda aquella red 
alrededor. Me producía una sensación bastante extraña hacer una cosa así, pero tal como 
iban las cosas pensé que de todos modos me sentiría extraño. Por si no bastara esto, sentí 
una llave en la puerta y la puerta se abrió. Esta vez era una negra baja y maciza de rostro 
bonachón y culo inmenso.

Y aquella amable y enorme negra se puso a colocar de nuevo la extraña red, 
diciendo:
—Es hora de cambiar las sábanas, querido.
—Pero sí llegué ayer —dije yo.
—Querido, nuestro turno de cambio de sábanas no depende de ti. Venga, saca de ahí tu culito rosado y déjame hacer mi trabajo.
—Bueno bueno —dije, y salté de la cama, absolutamente desnudo. No pareció 
asustarse.
—Conseguiste una cama muy linda y muy grande, querido —me dijo—. Tienes la 
mejor habitación y la mejor cama de este hotel.
—Debo ser un hombre de suerte.
Estiró aquellas sábanas y me enseñó todo aquel culo. Me enseñó todo aquel culo y 
luego se volvió y dijo:
—Vale, querido, ya está hecha la cama. ¿Algo más?
—Bueno, sí puedes subirme doce o quince cuartos de cerveza.
—Te lo subiré. Primero dame el dinero.
Le di el dinero y pensé, en fin, hasta nunca. Eché la red alrededor decidido a 
dormir. Pero la negrita volvió y corrió la red y nos sentamos allí a charlar y a beber 
cerveza.
—Háblame de ti —le dije.
Se rió y empezó a contar. Por supuesto, no había tenido una vida fácil. No sé cuánto 
tiempo estuvimos bebiendo. Por fin se metió en la cama y fue uno de los polvos mejores de 
mi vida...
Al día siguiente, me levanté, bajé a la calle y compré el periódico y allí estaba, en la 
columna del popular columnista. Se mencionaba mi nombre. Bukowski, novelista, 
periodista, viajero. Nos habíamos conocido en el aire. La encantadora dama y yo. Y ella 
había aterrizado en Tejas y yo había seguido hasta Nueva Orleans cumpliendo mi trabajo 
de periodista, pero, como no podía borrar del pensamiento a aquella maravillosa mujer, 
había cogido otro avión rumbo a Tejas. Sólo sabía que su madre tenía un estudio 
fotográfico. En el hotel, me hice con una botella de whisky y cinco o seis cuartos de 
cerveza y cagué al fin. ¡Qué gozosa experiencia! ¡Debería haber figurado en la columna!
Me metí de nuevo en la red. Sonó el teléfono. Era el teléfono interior. Estiré la 
mano y descolgué.
—Una llamada para usted, señor Bukowski, del director del... ¿se la paso?
—Sí, pásemela —dije—. Diga.
—¿Es usted Charles Bukowski?
—Sí.
—¿Qué hace en un sitio así?
—¿Qué quiere decir? ¿Qué tiene este sitio? Me parece una gente muy agradable.
—Es el peor prostíbulo de la ciudad. Llevamos quince años intentando cerrarlo. 
¿Cómo fue a parar ahí?
—Hacía frío. Entré en el primer sitio que vi. Vine en autobús y hacía frío.
—Vino usted en avión. ¿No recuerda?
—Recuerdo.
—Muy bien, tengo la dirección de la chica. ¿La quiere?
—Sí, si no tiene usted inconveniente. Si lo tiene, olvídelo.
—No entiendo, la verdad, cómo vive usted en un sitio así.
—Está bien. Es usted el director del periódico más importante de la ciudad y está 
hablando conmigo por teléfono y estoy en un burdel de Tejas. En fin, amigo, dejémoslo. 
La chica lloraba o algo así; y eso me impresionó. Sabe, cogeré el próximo autobús y me iré 
de la ciudad.
—¡Espere!
—¿Qué he de esperar?
—Le daré la dirección. La chica leyó la columna. Leyó entre líneas. Telefoneó. 
Quiere verle. No le dije dónde estaba viviendo. En Tejas somos gente hospitalaria.
—Sí, estuve en un bar anoche. Pude comprobarlo.
—¿También bebe?
—No es que beba, soy un borracho.
—Creo que no debería darle la dirección.
—Entonces olvide este jodido asunto —dije, y colgué.
Sonó otra vez el teléfono.
—Una llamada para usted, señor Bukowski. Del director del...
—Pásela.
—Mire, señor Bukowski, necesitamos completar la historia. Hay mucha gente 
interesada.
—Dígale al columnista que utilice su imaginación.
—Escuche, ¿le importa que le pregunte qué hace usted para ganarse la vida?
—No hago nada.
—¿Sólo viajar por ahí en autobús y hacer llorar a las jóvenes?
—No todos pueden hacerlo.
—Escuche, voy a darle una oportunidad. Voy a darle esa dirección. Vaya usted y 
véala.
—Puede que sea yo el que esté dándole una oportunidad.
Me dio la dirección.
—¿Quiere que le explique cómo puede ir allí?
—No se preocupe. Si puedo encontrar un burdel, podré encontrarla a ella.
—Hay algo en usted que no acaba de gustarme —dijo.
—Olvídelo. Si la chica merece la pena, volveré a llamarle.
Colgué.
Era una casita marrón. Me abrió una vieja.
—Busco a Charles Bukowski —dije—. No, perdón —añadí—. Busco a una tal 
Gloria Westhaven.
—Soy su madre —dijo ella—. ¿Es usted el del avión?
—Soy el del autobús.
—Gloria leyó la columna. Supo inmediatamente que era usted.
—Magnífico. ¿Qué hacemos ahora?
—Oh, pase pase.
Pasé.
—Gloria —aulló la vieja.
Salió Gloría. Seguía con muy buen aspecto. Exactamente una más de esas 
saludables pelirrojas tejanas.
—Pase, pase, no se quede ahí —dijo—. Discúlpanos, mamá.
Me hizo pasar a su cuarto, pero dejó la puerta abierta. Nos sentamos, muy 
separados.
—¿Qué hace usted? —preguntó.
—Soy escritor.
—¡Oh, qué maravilla! ¿Dónde le han publicado?
—No me han publicado.
—Entonces, en cierto modo, en realidad no es usted escritor.
—Así es. Y vivo en una casa de putas.
—¿Que?
—Lo dicho, tiene usted razón, no soy escritor, en realidad.
—No, me refiero a lo otro.
—Estoy viviendo en un burdel.
—¿Vive usted siempre en burdeles?
—No.
—¿Cómo es que no está usted en el ejército?
—No pude pasar el psiquiatra.
—Bromea usted.
—No, gracias a Dios.
—¿No quiere usted combatir?
—No.
—Ellos bombardearon Pearl Harbor.
—Ya me enteré, ya.
—¿No quiere usted luchar contra Adolfo Hitler?
—Pues, no, la verdad, prefiero que sean otros.
—Es usted un cobarde.
—Sí, claro, lo soy. No es que me importe mucho matar a un hombre, pero no me 
gusta dormir en barracones con un montón de tíos roncando y luego que me despierte un 
idiota a cornetazos, y no me gusta llevar esas cochambrosas camisas color aceituna que 
pican muchísimo. Soy de piel muy sensible.
—Me alegro que tenga usted algo sensible.
—Yo también, pero ojalá que no fuese la piel.
—Quizá debiese usted escribir con la piel.
—Quizá debiese usted escribir con el chocho.
—Es usted ruin. Y cobarde. Alguien ha de enfrentarse a las hordas fascistas. Estoy 
prometida a un teniente de la marina norteamericana que si estuviese aquí ahora, le daría a 
usted una buena zurra.
—Ya puede ser, pero eso sólo me haría aún más ruin.
—Le enseñaría al menos a portarse como un caballero delante de una dama.
—Sí, claro, tiene usted razón. ¿Si matase a Mussolini sería un caballero?
—Sin duda.
—Me alisto ahora mismo.
—No le quieren. ¿Se acuerda?
—Me acuerdo.
Estuvimos sentados allí mucho tiempo en silencio. Luego dije yo:
—Oiga, ¿puedo preguntarle algo?
—Adelante —dijo ella.
—¿Por qué me pidió que me bajara del autobús con usted? ¿Y por qué lloró al ver 
que no lo hacía?
—Bueno, se trata de su cara. Es usted tan feo.
—Sí, ya lo sé.
—En fin, tiene esa cara tan fea y tan trágica. No quería perder esa «cosa trágica». 
Me daba usted lástima, por eso lloré. ¿Cómo consiguió una cara tan trágica?
—Ay Dios mío —dije. Luego me levanté y me fui.
Volví andando al burdel. El tipo de la puerta me reconoció.
—Eh, amigo, ¿dónde le hicieron ese cardenal?
—Un asunto relacionado con Tejas.
—¿Tejas? ¿Estaba usted a favor o en contra de Tejas?
—A favor, desde luego.
—Va usted aprendiendo, amigo.
—Sí, lo sé.
Subí a la habitación y cogí el teléfono y le dije al tipo que me pusiera con el 
director del periódico.
—Oiga amigo, aquí Bukowski.
—¿Vio usted a la chica?
—Vi a la chica.
—¿Cómo fueron las cosas?
—Bien, muy bien. Estuve corriéndome como una hora. Dígaselo a su columnista. 
Colgué.
Bajé y salí y busqué el mismo bar. No había cambiado nada. Aún seguía allí el tipo 
grande, con un taburete vacío a cada lado.
Me senté y pedí dos cervezas. Bebí la primera de un trago. Luego bebí la mitad de 
la otra.
—Yo a usted le recuerdo —dijo el tipo grande—. ¿Qué le pasó?
—La piel. Es muy sensible.
—¿Usted me recuerda? —preguntó.
—Le recuerdo.
—Creí que no volvería nunca.
—Pues aquí estoy. ¿Jugamos el jueguecito?
—Aquí en Tejas no jugamos jueguecitos, forastero.
—¿No?
—¿Aún cree usted que los téjanos apestan?
—Algunos.
Y allá fui yo otra vez debajo de la mesa. Salí, me levanté y me fui. Volví al burdel.
Al día siguiente, el periódico decía que el «Romance» había fracasado. Yo había 
vuelto a Nueva Orleans. Recogí mis cosas y bajé hasta la estación de autobuses. Llegué a 
Nueva Orleans, conseguí una habitación legal y me instalé. Conservé los recortes de 
periódico un par de semanas, y luego los tiré. ¿Tú no habrías hecho lo mismo?

lunes, 13 de mayo de 2013

Desde los inicios de la historia han nacido unos cientodiezmil millones de personas, y ni una ha sobrevivido. Aproximadamente mueren unas 160.000 personas cada día. De niño leí esta frase "Vivimos solos y morimos solos. Todo lo demás es una ilusión" Y es algo que me quita el sueño.
Si morimos solos, ¿por qué tengo que pasarme la vida estudiando, trabajando o sudando?¿Por una ilusión  Porque ni tener amigos o novia o saber hallar la raíz cuadrada de la hipotenusa me ayudaran a evitar mi destino.

Tengo cosas mejores en las que emplear mi tiempo.

En la mente de un cautivo


Necesita hacerlo, arrojar su cuerpo entero contra los barrotes.

No sirve de nada. Su cuerpo simplemente rebota contra los gruesos barrotes de hierro.

-¡Número 8!¿Qué demonios estás haciendo?

El grito furioso del guardia resuena por el corredor.

Nunca llaman a los prisioneros por su nombre, solo por los número de sus celdas. Kaim es el número 8.

No dice nada. En su lugar, arremete con el hombro contra los barrotes.

Los sólidos barrotes de hierro nunca se mueven. Tan solo le dejan un dolor sordo y pesado en los músculos y huesos condicionados a la perfección.

Esta vez, en lugar de gritar de nuevo, el guardia hace sonar su silbato y los otros guardias vienen corriendo desde su puesto.

-¡Número 8!¿Qué hace falta para que lo entiendas?
¿Quieres que te metamos en la celda de castigo?
A mí no me mires así. Empieza a resistirte y todo lo que conseguirás será quedarte más tiempo aquí.

Sentado en el suelo de su celda, con las piernas separadas, Kaim ignora los gritos del guardia.

Ha estado en la celda de castigo muchas veces. Sabe que lo han tachado de “prisionero altamente rebelde”.

Pero no puede evitarlo.

Algo se retuerce muy dentro de él.

Algo cálido atrapado dentro está bullendo y convulsionándose.

-Vaya un héroe de guerra has resultado ser.
Aquí no vales nada. ¿Qué te pasa, soldadito?¿No puedes hacer nada sin un enemigo mirándote a la cara?

El guardia de al lado se burla de Kaim con una carcajada.

-Lo siento mucho por ti, colega, aquí no hay enemigos. Tampoco nadie de tu bando. Te tenemos encerrado completamente solo.

Cuando los guardias se marchan, Kaim se enrosca en el suelo, agarrándose las rodillas, con los ojos muy cerrados.

Completamente solo...

El guardia tiene razón.
Pensé que estaba acostumbrado a vivir solo. En el combate, en la carretera.


La soledad de esta prisión es más profunda que cualquiera que haya sentido antes.
Y da más miedo.

Paredes por tres lados, y más allá de los barrotes nada salvo otra pared cerrando el estrecho corredor.

Esta mazmorra se construyó para evitar que los prisioneros se vieran, o que incluso sintieran la presencia de otros.

También la falta total de cambio en la vista paraliza el sentido del tiempo, Kaim no tiene ni idea de cuántos días han pasado desde que lo metieron aquí.

El tiempo sigue fluyendo, eso seguro. Pero sin un sitio al que ir, simplemente se estanca dentro de él.

La verdadera tortura que inflige una prisión a un hombre no es privarle de la libertad ni obligarle a sentir la soledad.

El auténtico castigo es tener que vivir en un sitio en el que nada se mueve jamás dentro de tu campo de visión y el tiempo nunca discurre.

El agua de un río nunca se pudre, pero enciérrala en un recipiente y eso es exactamente lo que hará con el tiempo.

Aquí ocurre lo mismo.

Quizás partes de su cuerpo y su mente muy dentro de él ya han empezado a despedir un hedor a podrido.

Kaim, consciente de ello, se levanta del suelo de nuevo y se estampa con los barrotes una y otra vez.

No existe la más remota posibilidad de que al hacerlo se rompa un barrote.

Tampoco piensa que pueda lograr escapar de esta forma.

Aun así, lo hace repetidas veces.

No puede evitarlo. Tiene que hacerlo una y otra vez.

En cada intento, justo antes de que su cuerpo choque contra los barrotes, durante una fracción de segundo, un soplo de viento le toca la mejilla. El aire inamovible se mueve, aunque solo sea por ese breve intervalo. El tacto del aire es lo único que le da a Kaim un indicio incompleto del fluir del tiempo.

Los guardias vienen corriendo con caras cargadas de ira.

Ahora veo formas humanas donde antes solo había una pared. Eso solo es suficiente para animarme. ¿Acaso los guardias no comprenden eso?

-Muy bien, número 8, te toca la celda de castigo. Veamos si tres días allí te calman las ideas.

Los labios de Kaim se relajan en una sonrisa cuando oyen la orden.

¿Es que estos tipos no lo entienden?
Ahora el paisaje cambiará. El tiempo empezará a fluir de nuevo. Eso me reconforta.


Kaim ríe en voz alta.
Los guardias le atan las manos a la espalda, le ponen cadenas en los tobillos y se dirigen al cuarto de castigo.

-¿De qué demonios te ríes, número 8?

-Eso, para ya o el castigo será aún peor.

Pero Kaim sigue riendo. Riendo a pleno pulmón.

Si lleno los pulmones con aire nuevo, ¿desaparecerá el hedor?


¿O acaso mi mente y mi cuerpo están ya tan podridos que no puedo librarme del hedor tan fácilmente?


¿Cuánto tiempo van a tenerme aquí encerrado?


¿Cuándo saldré de aquí?


¿Será demasiado tarde entonces?

Cuando todo se haya podrido, ¿seré menos una persona que una cosa, como cuando nuestras tropas contaban los cadáveres enemigos?
Kaim apenas puede respirar.

Es como si le sacaran el aire del pecho y el insoportable dolor lo llevara de vuelta del mundo de los sueños a la realidad.

¿Estaría en prisión en un pasado muy remoto? se pregunta a medias en el espacio entre el sueño y la realidad.

Ha tenido este sueño muchas veces ya, aunque bien podría llamarlo pesadilla. Después de despertar, intenta recordar, pero nada se le queda en la memoria. Aunque una cosa es segura: el aspecto de la cárcel y los guardias del sueño siempre es el mismo.

¿Podría ser esto algo que he vivido de verdad?

Si es así, ¿cuándo ha sido?

No hay forma de que pueda decirlo.

Cuando está despierto del todo, esas preguntas que se hacía en el sueño y la realidad se le borrar de la memoria.

Se levanta con un grito, respirando con dificultad. Con el reverso de la mano se limpia los chorros de sudor de la frente, y todo lo que queda es un terror que hace que se estremezca.
Siempre es así.

Ahora también.

Habla entre dientes consigo mismo conforme intenta recuperar cualquier recuerdo que quede en un rincón distante de su cerebro. ¿Qué clase de vida he tenido en el pasado?

Ahora también.

-¿Qué clase de vida he tenido en el pasado?

Forma de vida. Constante improvisación con el objetivo de no ser nadie. Sin prejuicios, sin principios. No tener un patrón que marque el límite. No ser nadie. Ser todo el mundo. Sin una personalidad concreta. Sin un ideal concreto. Imprevisible.

martes, 5 de febrero de 2013

En un mundo que ha sido puesto ante nuestros ojos para ocultarnos la verdad

No tengo que decirles que las cosas están mal porque todo el mundo lo sabe. Mucha gente esta sin empleo o con miedo de perder el que tienen. Un euro vale menos cada día que pasa, los bancos quiebran, y las revueltas en las calles son cada vez más frecuentes. Nadie sabe qué hacer. Y lo que es peor, no se ve una solución.
El aire es tan malo que no se puede respirar, y los alimentos tan artificiales que no se pueden comer. Seguimos sentados ante el televisor mientras un locutor nos cuenta que durante el día ha habido quince homicidios y sesenta delitos violentos, como si eso fuera normal.
Sabemos que las cosas están mal, peor que mal. Todo en todas partes se vuelve loco y ya no queremos salir a la calle. Nos quedamos en casa y, lentamente, el mundo en el que vivimos se empequeñece. 
Decimos: "Por favor, dejadme vivir tranquilo en mi living. Dejarme con mi tostadora, mi radio, mi televisor y mis electrodomésticos y no diré nada. Dejadme en paz. ¡Pues yo no pienso dejadles en paz! Quiero que se irriten al leer esto, no que protesten, ni que hagan manifestaciones, ni que escriban a su diputado porque yo no sabría decirles que es lo que deben escribir. No sé qué hacer con la crisis, ni con la inflación, ni con la corrupción. Lo único que sé es que tienen ustedes que montar en cólera. Tienen que decir: "¡Soy un ser humano, maldita sea, mi vida tiene un valor!"
La única verdad que oyen es la que se transmite por televisión. En nuestros días, hay toda una nueva generación que no está enterada de nada que no haya salido por ese aparato. El televisor es el evangelio, la última revelación. Puede ser la fortuna o la ruina de presidentes, papas, primeros ministros. El televisor tiene el más imponente y maldito poder que existe en nuestro desorientado mundo y ¡ay! de nosotros si llega a caer en manos de los malvados. Así que escúchenme, la televisión no es la verdad. La televisión es un maldito parque de atracciones, un circo, un carnaval, un grupo de acróbatas, narradores de cuentos, bailarinas, cantantes, malabaristas y jugadores de fútbol. Es una máquina para matar el aburrimiento. 
Si quieren saber la verdad, diríjanse a Dios, diríjanse a su gurú, a ustedes mismos, porque es la única manera de hallar la auténtica verdad...Ustedes no van a enterarse de la verdad por nosotros. Les diremos cuanto quieran oír. Mentimos como hablamos. Les diremos que la policía siempre coge al asesino y que nadie tiene cáncer en los hospitales. Les contaremos toda la porquería que quieran ustedes oír. Jugamos con ilusiones. ¡Nada es verdad! 

Es el individuo el que está acabado. Es el solitario y aislado ser humano el que está acabado. El concepto de independencia ha terminado porque esta ya no es una nación habitada por individuos independientes, es una nación de millones de cuerpos transistorizados. Sin olor ni color. Totalmente asépticos. Oprimidos, anulados como seres humanos. Mecanizados como burdos robots. Ha llegado el momento de preguntarse si la palabra des-humanización es una palabra tan mala. Pero buena o mala, es un hecho. El mundo entero se está volviendo inhumano, criaturas que tienen aspecto de humano no lo son. Todos los habitantes del mundo se están transformando en objetos fabricados en serie. Programados, anulados, despersonalizados.


miércoles, 16 de enero de 2013


Abrí los ojos. Estaba todo muy oscuro y apenas podía enfocar la vista. Me sentía horriblemente mal. Pero no como cuando has bebido toda la noche anterior, sino como si me hubiesen apaleado todo el cuerpo. Al cabo de unos segundo recupere, por completo, la conciencia. Pero realmente no tenia ni idea de donde estaba. Me incorporé y me dí cuenta de que estaba en un sofá, y empecé a observar la habitación. En el centro había una mesa de cristal de baja altura con una especie de jarrón decorativo en el centro, un mando de televisión y un par de guantes blancos. A la derecha otro sofá idéntico al en que estaba yo sentado. En frente de mí había un mueble enorme, que cubría toda la pared, y tenia una televisión. Supuse que debía ser el salón.
Me fui a levantar pero derepente note un dolor tremendo en la cara. Me toque la nariz y note que estaba muy hinchada. Busque un interruptor con la mirada pero no vi ninguno. En ese instante escuche unos paso y, al cabo de un segundo, apareció una chica por la puerta.
Solo llevaba una camiseta blanca como cinco tallas más grande de la que debía tener, la cubría casi hasta las rodillas. Tenía el pelo oscuro, no demasiado largo. No se si fue por la oscuridad pero, por su tono de piel, pensé que era un fantasma.
-Hola-.Dijo sonriendo.
Les juro por dios que por la sonrisa que puso pensé que me quería descuartizar. Así que me incorpore de golpe como si fuese a agredirla o algo así. Eso hizo que se echase un poco para atrás.
-No te asustes, te he traído a mi casa porque te golpeé en la calle sin querer-. 
Entonces empecé a recordar los gritos de aquel taxista y el guante blanco justo antes de perder la conciencia.
-Así que, ¿tú me golpeaste?- la dije.
-Pues sí. Pero no fue a propósito, es decir, es que pensaba que eras un ladrón o algo así por como gritaba aquel hombre.- Respondió.
Me quedé un instante observando su rostro. Tenía un pequeño lunar en la mejilla derecha.
-Voy a traerte un té caliente- Y desapareció tan rápido, como había aparecido momentos antes, por la puerta.
Me senté de nuevo en el sofá. Me dolía todo el maldito cuerpo y no paraba de recordar los gritos de aquel desgraciado.
-Ten- Y me dio una taza de color verde que estaba muy caliente.
La verdad es que no suelo tomar té. Es más, creo que esa fue la primera vez que tomaba té en toda mi vida, aunque tampoco puedo asegurarles que fuese té, sabia a menta o algo así.
-Si te sigues encontrando mal puedo llevarte al hospital- Me dijo. Parecía bastante preocupada.
-No te preocupes. Además, debería volver a casa y llamar al trabajo para decir que hoy no podré ir- En realidad esos días no trabajaba. Me habían dado unos días libres.
-Oh, toma- Me dio un teléfono. –Llama desde aquí, puedes quedarte todo el tiempo que necesites- Realmente no se si lo hacía para matar su conciencia o porque estaba preocupada de verdad. O quizás, en un universo paralelo, estuviese interesada en mí.
-Mmh, de acuerdo, muchas gracias. ¿Cómo te llamas?-
Si les soy sincero, por absurdo que parezca, no recuerdo su nombre. Creo que es porque estoy muerto, aunque no estoy del todo seguro, soy nuevo en esto la verdad. Sea como sea, digamos que es Señora X.
Estuvimos como media hora hablando hasta que se tuvo que ir a trabajar. Me dejó quedarme allí, en su casa. La verdad es que no tenía ninguna gana de ir a mi casa y tener que explicar a mis padres lo que había pasado. No solo porque tuviera 28 años y me parecía absurdo tener que darles explicaciones, sino porque iba a ser un tostón.

lunes, 14 de enero de 2013

Abres la carcasa, sacas el CD y lo metes en el reproductor. Empieza a girar. Giras la ruleta del volumen hasta que no oyes nada más que lo que sale de los altavoces. Coges una bolsa de chuches y te tiras en la cama. Empiezas a mordisquear un regaliz y dejas que el sonido invada tu mente. Cierras los ojos y creas una atmósfera perfecta. Las canciones se suceden unas a otras y la bolsa de chuches va menguando pero te da igual porque no quieres parar. Sientes por todo tu cuerpo cada nota que escuchas y pierdes la noción de la realidad. No quieres pensar en nada mas, no quieres que la música pare.

viernes, 11 de enero de 2013

Te levantas, echas la silla a un lado. Miras a tu alrededor...Y no reconoces nada. Nunca antes habías estado allí o, por lo menos, no tienes conciencia de ello. Entonces empiezas a moverte por toda la habitación  rebuscando entre las cosas algo que te resulte familiar. Pero todo lo que hay carece de importancia para ti. Levantas la persiana y miras a través del cristal de la ventana. En frente solo ves un edificio de color gris con infinitas ventanas, todas iguales, como un fondo de escritorio. Abres la puerta y sales al pasillo.
El pasillo es un lugar frío. Empiezas a caminar y vas contando las habitaciones: "13, 15, 17, 19, 21, 25, 27" Sigues y sigues caminando hasta llegar al ascensor. Pulsas el botón con una flecha hacia abajo. Esperas. Esperas. Esperas. Esperas. Esperas. "Ding" Suena el timbre y dos puertas correderas metálicas se apartan. Entras en el ascensor y pulsas "B". Al cabo de unos dos minutos vuelve a sonar el timbre y se abren las puertas. Miles de rayos de luz blancos te deslumbran los ojos. No puedes ver nada. El timbre del ascensor no deja de sonar. Poco a poco se empieza a convertir en un sonido cada vez mas agudo. La puerta del ascensor, ya cerrada, se empieza a difuminar. Tu vista se nubla y pierdes el sentido del equilibrio pero no te caes al suelo, notas como que lo atraviesas y empiezas a caer a la nada. Entonces abres los ojos, una luz te deslumbra, tardas en acostumbrarte. Son como rayos de sol que se cuelan por una red uniforme de agujeros en la pared de un cuarto oscuro. Sientes frió en los pies aunque estas arropado. La puerta de la habitación está entreabierta y puedes distinguir el sonido de unos pasos fuera. Incorporas el torso, echas un vistazo. Mochila, libros, ordenador, desorden. Es tu habitación. El timbre sigue sonando. Apagas la alarma del móvil.

martes, 8 de enero de 2013

Son como un veneno. Una vez que están en tu cerebro ya no pueden salir. Al principio puedes retenerlas durante unos segundos, hasta que rápidamente desaparecen y no vuelven. Pero como un veneno, tienden a extenderse. Invaden tu cabeza y la llenan de otras parecidas y semejantes. Entonces esos segundos se convierten en minutos. Los minutos se convierten en horas. Las horas en días. Y acabas enfermo. Una enfermedad que no tiene una cura específica, y no te deja hacer nada ni disfrutar de otras cosas. Es entonces cuando nosotros mismos nos damos cuenta de que debemos de cambiar algo. Nuestra actitud, nuestro entorno, nuestro objetivo. Pero no dejan de repetirse una y otra vez dentro de tu cabeza. Hasta que pasa el tiempo, y se van quedando al fondo de tu mente esperando su momento para volver a salir.

domingo, 6 de enero de 2013